Sin nombre
Va a hacer diez años. Es S., maestra de ceremonias, quien reúne al grupo. Una quincena de mujeres que, de un modo u otro, llegamos a su vida; unas de tiempo atrás, otras de hace nada. Nunca llegamos a ponerle nombre al grupo: así nace y así terminará, sin él. Así que aceptamos, empezamos a encontrarnos una vez al mes, y sin apenas darnos cuenta se desencadena la corriente.
Después de un tiempo, con la complicidad, se gesta lo que parece solo una escapada playera. Me lo proponen y, llegado el día, hago mi bolsa y subo al coche; no sé concretamente ni a dónde vamos, me dejo llevar.
Quince mujeres en la casa de M., varios días conviviendo.
Cuando llegamos tengo miedo, me escabullo como puedo, soy un animal asustadizo que busca un escondrijo en el lugar desconocido.
Poco a poco, con las horas de vida comunal, me voy dejando ver. La curiosidad me puede.
Algunas de las mujeres me imponen, otras son cercanas, y está L., ya en mi vida desde hace tiempo, a quien las demás adoptan en el grupo.
A la tarde bajamos por la senda hasta la cala: nos derramamos como un grupo de cabras, como un desprendimiento de tierra, hasta el mar. Una vez abajo, el terreno se pone difícil; camino como puedo por la extensión de piedras: torpe criatura con cangrejeras, lejos de su hábitat.
Las primeras mujeres -las más ágiles- llegan a la cama de roca y la conquistan para las demás. Una vez todas allí, desnudas gritamos: una algarabía inesperada en celebración.
Nos quedamos en el mar hasta bien entrada la noche. Subimos la senda a la luz de la luna.
En el camino a las calas, en los días sucesivos, perfecciono mi técnica de mear de pie. Alguna me sigue. Me doy cuenta de que a otras se les despierta el deseo. No estoy habituada a sentirme abiertamente deseada y menos por mujeres a las que admiro o me fascinan.
Haremos sucesivos viajes allí en todo el verano.
Poco a poco me voy atreviendo a salir de la madriguera, empiezo yo también a caminar descalza por la casa y por el exterior. Me subo al algarrobo así, sin calzar y a medio vestir, descubro ese placer. Aprendo a caminar por las piedras, que me dan miedo. Entre nosotras nos damos la mano o nos sujetamos. Ellas me ayudan a trepar o a sumergirme, me enseñan a bañarme en las rocas sin lastimarme el cuerpo.
Por la mañana, al despertarme, varias me reciben con abrazos. Esto me hace llorar.
Cuando subimos de las calas, M. nos ducha con el agua de las garrafas que ha dejado calentándose al sol para nosotras. Una a una nos ducha. Con paciencia, con cuidado infinito, enérgicamente nos bautiza.
Y ocurre que me enamoro. De todas ellas. La sustancia de mi enamoramiento se compone de nuestra presencia juntas. (Los manuales aseveran que esto no es posible y yo lo desmiento: son mis hermanas, mis amantes, mis madres). Paso el verano encandilada y quiero más.
Cada vez, a la llegada, nos repartimos por las habitaciones de la casa. En algunas hay literas (de los nietos de M.), como si fuera un campamento. La casa de M. es muy sencilla pero grande. Blanca y azul, con su muro bordeando el camino, parece alegrarse cuando llegamos. Cuando nos marchamos, por tandas, M. se encarama en lo alto del muro y nos despide agitando su pareo: ¡adiós! ¡adiós!
Cenamos afuera. Después hacemos un corro de sillas, nos pasamos el repelente de mosquitos y hablamos largamente hasta bien entrada la madrugada. Nos compartimos. Eso es todo.
Una noche nos reímos mucho con P., en la habitación de las literas. No recordaba haber reído tanto en mucho tiempo. Noto cómo P. me mira y me busca. Me hago la despistada, me asusto, pero me dejo mirar y mimar por ella y por las que se acercan un poco a mí. Todas me interesan, algunas me fascinan. Con ellas, también yo me siento interesante y fascinante. P. resulta especialmente cercana. Yo puedo ofrecer todo menos el sexo. Ese verano, con ella, y con otras personas en las fiestas, en la playa, en las conversaciones, me doy cuenta de esto. Simplemente no puedo visualizarme. Puedo acariciar, puedo arrullar, puedo besar, puedo jugar, puedo acoger, puedo desear. Pero cuando llega el momento y me invitan a subir doy un paso atrás.
(A P., meses después me atreveré a abordarla y la besaré en la boca el día de su cumpleaños. Le haré un regalo y escribiré odas a su ortodoncia. Llevaré purés de verduras a las reuniones para que no mastique, aunque ella no se dará cuenta de esto. El día del beso me apartará con delicadeza, pero pasaremos mucho rato enlazadas en la mecedora, junto a las otras, y yo me sentiré colmada).
En la casa de M. a veces también bailamos. Cuando M. baila, desprende una energía infantil que cautiva y que contagia.
Me paseo desnuda, o casi, por todas partes, como algunas de ellas. Llevo un pañuelo que me sirve para todo, con él me cubro o me descubro, según cómo lo anude. Durante días no necesito más ropa aquí.
Cocinamos. Unas pelan verduras, otras hierven el agua, otras preparan los cubiertos, otras fregamos los cacharros.
Revoloteamos por la casa y los alrededores: mariposas, abejas, hormigas con alas.
Un día les escribo una carta de amor colectivo donde expreso todo. Que ellas leen y acogen y celebran. Y lloro otra vez.
Vivo esos meses en una fiebre que me electriza; los acontecimientos se suceden: los encuentros, las noches, la música, la búsqueda, los hallazgos, lo que no sé interpretar y me limito a dejar que me atraviese. Me resulta impensable trabajar, pintar siquiera. Solo pienso en vivir.
Atada entre dos pinos hay una hamaca que se convertirá en mi lugar seguro durante mucho tiempo, físico -e imaginado, cuando ya no volvamos más a la casa de M.-.
Me tumbo sola allí a veces, al fresco de la noche. Otras veces con L., abrazadas. También me refugio en la hamaca cuando no comprendo lo que me está pasando dentro, cada vez que me abruman mis propias emociones y la intensidad de todo y cada vez que me duele no sé qué herida. Cuando me desbordo repito el ritual, me aparto y tumbada me envuelvo en ese útero de tela que me aquieta y me acoge sin preguntar.
Una vez B. viene hasta allí en mitad de la noche y me habla abiertamente. Este será el inicio de nuestra amistad inquebrantable.
Cuando, poco tiempo después, el grupo se consume en sí mismo y se agota, encajo el dolor y la falta como puedo.
Miro las fotos y no fue una ensoñación. A lo largo de años, su impronta se ha dispersado en infinidad de direcciones, y permanece también, como un asidero, en mi historia, en mi cuerpo.
Lou Sacramento


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