túrmula*

 Caigo caigo caigo caigo
Qué difícil mantenerme en mi decisión de elegir a I. Qué difícil no pensar en morir, no pensar en marcharme y seguir sin I., y qué difícil pensarlo también.
Acabaría esta lucha sin fin. Acabaría. Acabaría la lucha con I. Continuarían las demás luchas eternas. Si pudiera al menos salir de aquí, si pudiera escaparme un fin de semana, abrazar a mis amigas, ser en otro entorno fuera de estas paredes.
Estoy rabiando por dentro. Como una leona en una jaula. Me duele, me pudro, me duele, me doblo de derrota, me muerdo de ira, me aflojo como un globo deshinchado, me doy vueltas alrededor, un día, y al siguiente, y los demás días, y otro mes. Sin saber qué quedará de mí cuando la prohibición de salir se levante. Cómo sufro con este encierro, yo que ya estaba encerrada en esta ciudad rechazada, temida, que menosprecio por ajena, por sucia, por paupérrima, por brutal.
Y lloro, lloro mi duelo por mi vida sencilla que apenas habitaba unas páginas más atrás en mi cuaderno, lloro mi duelo por la pérdida de todo lo conocido. Lloro por todas las personas que no puedo abrazar, por las que se alejan como pequeñas figuritas en el paisaje. Lloro porque siento mi vientre atenazado, atado con una brida que me hiere; me siento llena de piedras que arrastro de un lugar a otro de esta casa.

¿Pero por qué? ¿Pero por qué no? ¿Por qué no marcharme, por qué no acabar esta etapa? ¿Por qué no tomar lo aprendido y lo vivido, y dando gracias hacer mi maleta?
¿Tan importante es para mí I.? ¿O tan importante creo que es? ¿Tanta necesidad tengo de él? ¿Cómo puede ser mi vida sin I.? ¿Acaso tiene por qué ser incompleta? No, no.

Pienso en morir. ¿Qué vida aguarda más allá de estas puertas? ¿Podré soportarlo una vez nos liberen? ¿Cómo podré vivir? ¿Qué asideros tengo ahora? Esta libreta y un bolígrafo, esta libreta y un bolígrafo. ¿Y cómo voy a hacer para seguir viva ahora, esta noche, mañana, la semana que viene?
Un cúmulo de cosas atenazan mi vientre, atascadas, de nuevo retenidas. Mis entrañas, tapadas con una gruesa manta de fieltro; no les llega la luz, protestan de oscuridad, de aplastamiento, de un sopor artificial, de la promesa infinita-indefinida: esperad, entrañas, esperad, esperad un poco más, esperad un mucho, otro mes, o años, esperad ahí encerradas. La única promesa es la de la muerte, la única promesa real que pueda yo hacerles. Manteneos calladas, entrañas, seguid a la espera y un día ocurrirá algo, sí: ocurrirá de la forma más silenciosa, desapercibida y estúpida que moriréis sin más. Sin aspavientos. Sin recompensa posible. Vuestra oscuridad habrá sido en vano, igual que tantas y tantas otras, sin que ello interfiera lo más mínimo en nada; es más, esa insignificancia de vuestra opacidad, acallamiento y muerte será parte de la corrección del orden de las cosas. Os dabais importancia, esperando ser desatadas pronto, siempre la misma palabra: pronto. Los espejismos nos mantienen vivas. Las entrañas se secan mientras esperan, si pudieran verse a sí mismas cómo se han ido arrugando con los años, engriseciendo por la falta de luz, contrayéndose por culpa de la contención y la espera ansiosa, y por el desespero terrible cuando la conciencia las toca con su luz. Mejor que no vean cómo son de irreconocibles para sí mismas. Porque no hay mañana. No hay espera que valga nada. No hay premio. No hay paraíso. No había motivo para esperar. Esta es la única conclusión sensata que llega como una certeza hasta mí ante la espera: no hay nada que esperar. Nada será traído por los vientos lejanos que susurraban engaños -quise creer que era inteligible lo que articularon-. Nada aguarda.

Estoy encerrada con I. I. quiere ser padre y quiere quedarse en esta ciudad para hacer carrera profesional. I. puede hacer todo eso sin mí perfectamente. I. no quiere llantos ni protestas, y ha recibido tres tazas llenas de todo ello.
Estoy aquí encerrada aquí con I., yo que quiero abrazar, que no sé si quiero maternar o si mejor sería renunciar y cerrar esta etapa que anuda I. y maternaje como si fueran inseparables; yo que me muero por una tarde de sol en la playa entre los cuerpos desnudos de mis amigas, yo que pronto seré vieja. Estoy aquí encerrada con I. Solo escribo y escribo para no volverme loca. Yo que me repliego hasta hacerme caracol, o tortuga, o insecto bola, sufro aquí de intoxicación por aislamiento.
Yo, que no quiero envejecer en Cimbarria, que no soporto esta ciudad ni a esta gente ni este dialecto atroz, ante la situación de dejar ir a I. he elegido seguirle hasta aquí.
Y no dejo atrás las ciudades ni las personas que amo. Vivo siempre en el pasado. Como una exconvicta liberada de prisión. Solo que sigo aprisionada. Y anhelando volver a hacer mías mis calles de Olivácea, mis comercios, mis playas, mi luz del cielo, mis sanjuanes, mis trayectos en bicicleta, mi vida en los jardines y en las calles empedradas. Yo estoy aquí en Cimbarria, resistiendo, haciendo de Olivácea, la ciudad de mi florecer, el baluarte de mi identidad y de mi deseo, como migrante que soy, rechazando esta cultura ajena y bárbara que encuentro aquí. Y soñando el reencuentro, el regreso. Y desdeñando cada palabra oída en cimbarrio, cada rincón desconocido de estas tierras, cada playa atestada e intransitable. Cada plaza. Para no olvidar y seguir apegándome a mi Olivácea.

Aun así podría hacer mías otras ciudades. Pero esta no. Esta ya la conocía y esta no. Esta es una ciudad de enfermedad y de miserias incontables. Es una ciudad estrecha y abarrotada. Despojada de su autenticidad. Vendida a los mejores postores. Una ciudad de postal a la que se le ve la tramoya. Una ciudad alejada de todo lo que amo y cuyo bullicio incesante aturde la cabeza y aturde el cuerpo.
Yo podría hacer mías otras ciudades, del este y del sur. Podría. Pero esta no, y es un sentir y un deseo, y una decisión consciente y franca. Esta no es mi gente, no es mi clima, ni mi espacio, ni mi idioma. Vivo aquí en una ciudad postiza, como una escala en un viaje mucho más largo.

Y rechazo esta ciudad porque la ha elegido I. en lugar de elegirme a mí. No me eligió a mí. Eligió perderme y yo le seguí hasta Cimbarria. Es la ciudad elegida por I. rompiendo nuestro pacto imposible.

Tengo que vivir para mí, debo vivir par mí, no hay otra salida, no hay más salida que vivir para mí, pero ¿cómo? ¿cómo vivir para mí si he dejado atrás mi ciudad adoptiva, mi familia, mi gente querida, para acompañar a I. hasta aquí? ¿Cómo vivir para mí si no puedo salir, si estoy encerrada, si en las horas que la autoridad me permite caminar NO QUIERO, NO PUEDO, ES IMPOSIBLE TIRAR DE MÍ; si no puedo ver a nadie ni hacer nada digno de nombrarse con la palabra VIDA?

Vivir para mí ahora es escribir, hablar virtualmente con alguien, engañarme para creer que es vida lo que obtengo a través de las pantallas... Escribir, leer, morir, morir lentamente y arrugarme por dentro como un papel aplastado con las manos.

Ganas de abrirme, ganas de rasgarme y derramarme, de desgajarme de arriba abajo y soltar hasta las vísceras. Aunque muera esta vez de verdad. Aunque muera, haber vivido rasgándome. Gritar.

No sé dónde estoy, dónde está la gente que amé alguna vez, que fue real, que tuvo cuerpo y voz y besos. No sé si acabaré aquí, como en la metáfora de mis entrañas, estúpidamente muerta sin más, como mi hijo. Sin más. Algo que acontece como el volar de un pájaro o el movimiento de una nube tapando el sol. Así de simple. No hay nada que explicar, que aclarar, que argumentar. Solo acontece. Igual que una inundación, un terremoto, un día de sol esplendoroso, un diente que cae, las olas del mar ahogando o arrullando.

Todo esto es de una dureza seca y tosca. Áspera. Es un pasaje de aspereza desolladora. Estoy compuesta de jirones trenzados, entrelazados, zurcidos. Esto es la vida. La vida de ahora. La que fue y la que muy probablemente será: zurcirse para llegar remendada hasta la muerte y su momento. Aguantar hasta entonces. Que no se diga. Que no quede por que no lo hice, por que no volví a confiar, a reír con ganas, a tener un nuevo anhelo, a pronunciar la palabra “felicidad” como si definiera algo real y concreto. No cabe concreción alguna para esta palabra que es solo sueño, que es vapor, que es un aroma viejo y gastado. Esto es la vida en mí.

Hoy escribo para no volverme loca, para no clavarme alfileres, para no tirarme al suelo, para no golpearme, para no aplastar mis dedos en los huecos de las puertas, para no hacerme sangre en las encías, para no dormirme y no despertar jamás. Para no volatilizarme y esfumarme igual que vine aquí. Para convencerme de que el hecho de existir es una certeza que sigue. 

¿O me he desvanecido engullida por un ombligo de tiempo y de espacio?

¿Qué lugar es este, quieto e irrespirable, donde me despierto cada mañana nueva y gastada? ¿Quiero vivir o quiero fundirme en no se sabe qué ni dónde, como mi hijo perdido, con él?
¿Quiero tan solo ir allí y ser mota de polvo o de polen, salpicadura de agua, átomo?
 
* túrmula es una palabra inventada que he empezado a utilizar para describir un estado que me visita regularmente, o en el que caigo, o que quizás sea una parte constituyente de mí; he tomado la idea a partir de "frantumaglia", palabra que utilizaba la madre de la escritora Elena Ferrante para refererirse a la angustia, agitación, dolor intensos. 
 
                                                                                                                                         Lou S.

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