Once madres.

Nos habíamos reunido ese mes en un restaurante napolitano en el barrio hipergentrificado. Ese ya inhabitable salvo para los turistas: una parte entera de la ciudad convertida en lugar de paso donde ir a comer, a tomar el brunch o a bailar o a beber; donde solo quedan bares, tiendas vintage, despachitos de alquiler de bicicletas y apartamentos turísticos. Imposible vivir en el barrio. Imposible moverte sin tener que esquivar las hordas de gente. 

Aturdida por el río humano, camino hasta encontrar por fin dónde aparcar mi bici. Entro al lugar. Las once madres ya están sentadas. Yo soy una más: una vez al mes olvidamos nuestras cargas familiares durante unas horas y nos lanzamos a comer, a hablar, a reír como adolescentes; un paréntesis en el apabullante contenido que se esconde tras la palabra madre. Un día al mes durante unas horas son ellos, la otra parte responsable de la existencia de nuestras criaturas, quienes se hacen cargo de sus cuidados. Nosotras, eso sí, antes de venir ya nos hemos cuidado de dejar la comida hecha, la ropa preparada y la merienda organizada, anticipándonos a cualquier variable que pudiera suceder en nuestra ausencia. Sacaleches, biberones, juguetes, mudas de ropa, pañales, siestas, chupetes, horarios, actividades: qué hacer y cómo para que las inacabables necesidades de esos cuerpos diminutos queden cubiertas. 

Voy hacia una silla libre al fondo de la mesa. Las madres más animadas y risueñas se han sentado al principio; las más reflexivas y comedidas al fondo. Allí es donde me dirijo: un vistazo general y en un segundo mi mente traza el recorrido desde donde estoy, aquí de pie lanzando un beso a todas, hasta esa silla del fondo, donde guarecerme, donde flotar si es necesario, donde recogerme, donde poder callar o hablar, donde no tengo que forzarme a mí misma a fingirme divertida ni ocurrente. Donde, al calor de las madres tranquilas, pueda quizás descansar de la sacudida de la maternidad y su virulencia. 

Reconozco que hay algo de íntimamente satisfactorio y a la vez terrible en este estallar del yo que atravieso. Es desconcertante darme cuenta de que lo que se fue, lo que acabó, lo que ya no es, no son tan importantes. Aunque fueron raíz. 

¿Las once madres sentadas a la mesa están en proceso de recomposición, como yo? No pregunto: rastreo las pruebas, busco bajo sus risas, hurgo en sus palabras, investigo sus gestos, inspecciono su expresión, intuyo la mutación en sus cuerpos. 

Embarazarme al fin, esa realidad tan deseada que se me escapaba cada vez de entre los dedos, fue caer a plomo en las aguas de lo incierto. Sumergirme por sorpresa, de lleno y como nunca en el desconocimiento más profundo de mí misma. Tras la oleada primera de euforia, de júbilo, de esa energía que me vivificaba, de la conciencia de contener en mí algo maravilloso y único floreciéndome, un oscuro fondo abisal surgió y se me abrió desde dentro y me tragó. Durante treinta y nueve semanas habité esa grieta. 

La misma fuerza misteriosa que hacía crecer en mí aquel cúmulo de células dándoles forma de cuerpo, de pies y de manos, de vientre, de rostro, me sacudía con esta brutalidad que aún no sé describir. La fuerza no tuvo piedad: me aisló de toda certeza, ninguna sensación corporal me era conocida, ningún sentir interno me era familiar. Mi cuerpo y todo lo que este había contenido alguna vez -incluido mi cerebro- se convirtieron en una masa opaca, turbia, en otra existencia. 

No era solo que no podía comer, que no podía dormir y que veía las horas pasar una tras otra desde mi almohada hasta que el amanecer llegaba; no era solo que mi cuerpo mutó en animal inquieto cuyos miembros y órganos internos funcionaban bajo las normas de otra vida, paralela, que tenía lugar en mí pero que inexplicablemente me privaba de las funciones más básicas de la existencia. Me convencí de estar agonizando, no me creí capaz de llegar viva hasta el final. 

Yo era un envoltorio, una funda de mí misma vuelta del revés, que a la vez me contenía y me envolvía: mi piel quedó dentro de la funda y las entrañas afuera. El mundo se volvió un lugar ensordecedor que me lastimaba: el aire, los sonidos, la luz, el olor, el movimiento de las cosas, mi propio movimiento, el sol, el tacto de la ropa, el más sutil roce. Todo dolía porque me volví porosa, permeable, todo entraba en mí. Y yo lo recibía o lo rechazaba como buenamente podía; abrumada, avasallada por la fuerza, tuve que rendirme y, tan solo, esperar. 

Sin embargo, el final de la espera no me trajo de vuelta. 

El estallido de alegría de mi hijo nacido, ese estado de flotación apacible, esa vida inyectada en mí a través de su sorprendente existencia, tienen lugar al mismo tiempo que lo abisal, lo insondable, es decir yo. El eco de esa identidad previa a la mutación reverbera en mí como una melodía vaga, lejana, preverbal. 

Yo es ahora un puñadito de confeti, de tierra, de piedrecitas desperdigadas, que el viento remueve y se lleva y revuelve y deshace. Soy ese sedimento. Con él formo nuevos montoncitos. Esta soy yo. Porque nunca nunca nunca ni yo ni mi cuerpo volveremos a ser lo que éramos antes de la espera. 

Las palabras necesarias para nombrar y revelar el gran secreto de las madres, que es el gran secreto de la historia humana y de la historia de las civilizaciones y de las culturas, no han sido aún inventadas. La Auténtica Historia, aún por escribir. 

Se adivina la pesada elipsis en las once madres. En su desplegarse, en sus ganas de bailar, en sus ojeras, en el rojo de labios, en los pechos cargados de leche, en el tarareo de cancioncillas soeces, en la risa fácil, en sus silencios... distingo esa estructura queratinosa que los insectos dejan atrás para seguir viviendo, esa corteza que los contuvo y de la que se desprenden para crecer. 

Lou Sacramento 

Marzo 2024


 

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