Las sandalias nuevas


Su madre le había comprado esas sandalias en el mercadillo semanal del pueblo. Blancas, con una cenefa troquelada enmarcando los empeines y abrochadas en el talón. Unas sandalias como de mayor, que dejaban asomar apenas las puntas de los dedos por el hueco de un arco bien trazado.

Ella no era ya una niña pequeña. Tampoco era aún una chica mayor.

Sus caderas no se habían ensanchado todavía todo lo que se ensancharían unos meses más tarde. Pero lo notaba ya en los huesos. Notaba ya el preludio de ese desplazamiento en el plano horizontal, como un deslizamiento, un empuje de esa parte de su cuerpo hacia afuera. El movimiento de dos placas tectónicas desde la pelvis abriendo hueco dentro de sí, ampliando los espacios de unión de unos huesos con otros, en una expansión muy parecida al dolor, como un zumbido de fondo que se había instalado en su cuerpo.

Algunas veces -cada vez más a menudo- no se reconocía dentro de su ropa. Sobre todo le pasaba con los pantalones, que le quedaban tirantes en esa zona. Como si de un día para otro eso le hubiera brotado de dentro, como si en la quietud de la noche, durante el sueño, su cuerpo hubiera emprendido un nuevo trabajo silencioso, lento y meticuloso, imperceptible, hasta llegar a aquel punto, hasta no poder ya pasar por alto ni ignorar la mutación.

Las vacaciones de verano habían empezado. Eso tenía el efecto de dilatar los días, de expandir sus contornos en formas únicas, impredecibles. No era que esos días fuesen más largos que los de colegio, ni que pasaran más rápido: algunos pasaban veloces e inaprehensibles, o febriles de acontecimientos, mientras que otros pesaban como el plomo; unos se le quedaban grabados por su intensidad y otros discurrían sin pena ni gloria en una masa indiferenciada. Los días de las vacaciones de verano eran distintos a los días del curso escolar en que su forma dejaba de ser un rectángulo que a su vez contenía otros rectángulos: el rectángulo de la hora de levantarse y prepararse y desayunar; el rectángulo del trayecto a la escuela; el rectángulo de cada asignatura y del recreo; el rectángulo de la comida, el de los deberes, el del tiempo de libertad... y así hasta la noche en un ciclo infinito.

Sin embargo los días del verano adquirían formas diferentes al rectángulo. Un día era una bola, una esfera en la que cabía ella entera deslizándose o rebotando o quedándose parada; otro día era un dibujo informe que se iba definiendo; otro era una mancha de tinta que podía extenderse, o por el contrario convertirse en una línea vertical aplastada bajo el sol paralizante. Y ocurría a veces además que los días del verano dejaban de tener forma y su membrana se volvía flexible y podían dar lugar a cualquier cosa.

Aquella mañana, sin abrir aún los ojos, se despertó muy lentamente, como a ella tanto le gustaba, reconfortada por el eco lejano de los ruidos de su madre y de su abuela por la casa. El leve cacharreo y el ir y venir de sus pasos, incluso el sonido difuso de la tele, formaban una capa de seguridad que la envolvía. Y se quedaba así, oyendo, en duermevela, ese rumor que amortiguaba como un colchón la temible separación entre la vida que se manifestaba dentro de ella y la vida que tenía lugar afuera, incomprensible. Hasta que se dormía de nuevo en la blandura del ritual conocido y familiar.

Qué deleite dejarse envolver de esa forma, dormitar un rato más para salir luego de la cama hacia el comedor, así, sin vestir, sin peinar, sin lavarse la cara. Ser recibida por su madre y por la abuela y pedirles otra vez que le dejaran tomar la leche con café en lugar de cacao (para luego dejársela porque le sabía amarga), mientras ellas se enfrascaban en la primera telenovela de la mañana. La de ese verano, brasileña, la de la prostituta decimonónica que se vendía cara, para poder criticarla entre las dos y fingir que se escandalizaban con los desnudos, con las escenas explícitas, que por alguna misteriosa razón aparecían en la tele a las nueve de la mañana de ese verano.

Cuando bajó a la calle vio que habían instalado ya el escenario para la verbena, en mitad del parque. Hacía días que había visto cómo iban montando la estructura, y esa mañana se encontró ya a un puñado de niños y niñas encaramados encima. Un baile de pies golpeteaba sin descanso los tablones de madera, en una algarabía de cuerpos de diversos tamaños correteando, trepando y gritando entusiasmados; no faltaban ni los dos perros del barrio, que vivían en el parque y eran cuidados un poco por todo el mundo.

Esa misma noche mientras cenaban comenzó la verbena. Ella aguzó el oído para captar la música. El padre manifestó que después de cenar bajarían un rato a ver. La madre no supo reprimir un gesto de resignado fastidio, y la abuela se negó en redondo a salir de la casa, como acostumbraba a hacer.

En el parque al principio ella sintió, como sus padres, una insondable gran vergüenza que le impedía bailar, aunque lo estaba deseando con todas sus fuerzas. Ya era lo suficientemente mayor como para dejarse paralizar de temor al ridículo, ya no se trataba de ese bailar de los niños inconsciente, pura reacción al estímulo de la música. Tampoco los mayores la animaban ya a bailar para su propia diversión. Algo había transformado en ella el significado de la música. Su cuerpo ya no la absorbía como lo hiciera antes, sin pensar, sin otra consideración que dejarse llevar porque sí. En su cuerpo la duda y el temor ya se habían solidificado, habían formado un tapón que impedía a la música llegar en estado puro hasta ella, existir por encima de lo demás. Se entristeció.

Sus padres no bailaban. Tan solo estaban ahí, al otro lado del escenario, mirando al grupo de gente que sí bailaba.

Sin duda había algo de vergonzante en todo aquello, aunque no supiera exactamente el qué. Un nuevo mandato familiar, una indecible y reluciente norma del clan, recién descubierta, le atenazaba a ella el cuerpo.

Pero se movió: dio un ligero pasito alejándose de sus padres. Luego otro, y otro más. Cuando estuvo fuera del alcance de su visión, inició un bailoteo tímido. Se acercó a la multitud danzante y cuando se dio cuenta estaba ya frente a la estructura de la que brotaba incesante la música.

Se sintió extraña. Supo que ya no formaba parte de ese grupo de los niños a los que les está permitido bailar con libertad. Tampoco se reconocía en los mayores que bailaban a su lado. Escrutando las reacciones a su alrededor fue dejándose llevar por esa canción que estaba sonando y que a ella le gustaba. Y después por otra. Usó la prerrogativa infantil para dar salida a ese anhelo de movimiento de su cuerpo. Al fin y al cabo casi todo en ella remitía aún a esa esfera lúdica e inmadura, a la que de vez en cuando volvía. La infancia en ella había pasado a ser un sedimento asentado en el fondo de sí misma, que cuando alguien o algo removía se mezclaba y se esparcía, aunque diluido, ocupándolo todo de nuevo por unos momentos.

Tuvo la sensación de que se escondía de su padre y de su madre. Pero muy pronto empezó a olvidar sus caras y su inmovilidad, su forzada indiferencia a la fiesta.

Su cuerpo adquirió una vida propia e impredecible. Cada anhelo, cada impulso, por más inesperado o inconsciente, él sabía cómo traducirlo en movimiento. Y descubría así cómo su cuerpo sabía hablar, dominaba un lenguaje fulgurante que las canciones desataban, enlazándose una a otra, una a otra, y que ella no había conocido aún. Hasta ese momento no había bailado así, sola y a la vez rodeada por esos otros danzantes, imbuidos todos de esa fuerza extraña y vivificadora del baile, colectiva e íntima al mismo tiempo.

Allí estaban las vecinas, los padres de sus compañeros de juegos; estaban sus amigas, los de la panadería y los cristaleros; la de la papelería; algunas compañeras de clase; la vecina veterinaria del perro gigante; hasta la pandilla de muchachos temibles hizo acto de presencia en el baile, además de muchas otras caras que no le eran conocidas; y por último, en algún lugar del parque entre la gente, divisaba a su propia familia.

Pero mientras bailaba las caras de todos ellos dejaban de tener sentido. Todo se diluyó y se fue convirtiendo en una masa que aglutinaba cuerpos, nombres, licuando la identidad de cada quien y formando tan solo la noción de una presencia humana global y generalizada a su alrededor.

La suya era una danza liminal, impropia de la infancia pero emparentada con ella. Y bailaba y bailaba y cada vez le gustaba más, y cada vez se gustaba más ella allí inserta en el grupo de los cuerpos ofrecidos a esa liberación, a esa acción sin finalidad, sin principio ni objetivo más que el placer.

El tiempo pasaba y la noche iba avanzando. Perdió la noción hasta de su atuendo: seguramente debía llevar una de esas faldas-pantalón heredadas de su hermana mayor, o de vete a saber qué prima o qué vecina, y una camisa con botones y mangas de farol. Tampoco hubiera sabido decir si la coleta que le había hecho su madre seguía ahí o si se le había soltado liberando su media melena encrespada.

Sin embargo, era muy consciente de sus pies: las sandalias blancas nuevas le hacían mucho daño. Se miró los talones y vio un reguero rojo escurrírsele hacia abajo, y el pellejo levantado en dos heridas perfectamente simétricas, dibujadas con sangre seca bajo las hebillas.

Dolía. Debía ser ya muy tarde. Dudó un momento, pero quería bailar un poco más. Ya no localizó a sus hermanas, ni a sus padres, aunque los buscó con la mirada.

Mucha gente se había marchado ya, y se percató del reducido grupo de danzantes que quedaba frente al escenario. No sintió miedo sino una especie de melancolía extraña. No se dio cuenta de que bailaba entre una fauna inverosímil formada por borrachos y por niños, que pedían otra y otra a la banda ya hastiada de tocar y deseando irse.

En ese momento se le acercó una vecina con el recado de su padre de que subiera ya a dormir. Toda su familia se había ido ya a casa. Con los pies doloridos hizo el camino de vuelta, tan breve como atravesar el jardín y cruzar la calle, pero se le hizo eterno. Al fin llamó al timbre y su madre le abrió.

Enseguida se deshizo de las sandalias y se desvistió. Se puso el camisón por la cabeza como solía hacer, sin desabrocharlo, y a la altura del pecho notó dos agudas punzadas bajo la piel. Se tendió boca arriba en la cama con los ojos cerrados, hasta que el dolor de esas bolas duras, nítidas como canicas por debajo de cada pezón, se fue diluyendo en oleadas por su cuerpo.

                                                                                       Lou S.  Marzo 2021

                                                                                         

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