El curioso grupo


El curioso grupo entró al vagón por las dos puertas casi llenándolo. Dos mujeres, un hombre y una decena de niños, de los que se ocupaban entre los tres. Se dispersaron ocupando algunos asientos vacíos, y los que se quedaron de pie iban llenando los huecos que se liberaban en cada parada.

En un instante el enjambre de niños desplegó una maraña de piernas delgaduchas y de brazos en movimiento, de cuerpecillos doblándose y estirándose, subiendo a los asientos y volviendo a bajar, en una cadencia vivaracha pero acompasada, sin estridencias.

Los adultos supervisaban la actividad de la camada mientras conversaban entre ellos. Las pequeñas rubias se hacían trenzas en el pelo la una a la otra, las deshacían y las volvían a hacer, sentadas en el mismo asiento. El pequeño tímido se agarraba a la pierna de una madre tan tímida como él, y en su silencio se hacían gestos con la mirada para comunicarse. Las mayores observaban el paso cambiante del negro a las luces a través del túnel, con las cabezas pegadas al cristal. Un padre besaba amoroso a su niño en el regazo. La inusual escena se prolongó durante unos minutos. La tez del niño resplandecía, sus rizos oscuros brillaban bajo la caricia protectora, y sus ojos se avivaron, chispeantes.

Entonces el bebé bajó al suelo y se agarró a la barra central con toda la fuerza de sus manos. Su rotunda cabeza vibró y sus rodillas vacilaron con la sacudida al llegar a la siguiente estación.

La madre la sostenía agarrándola tan solo de un extremo del bajo del vestido, mientras permanecía sentada conversando, en un alarde de confianza, o en la expresión de un íntimo conocimiento.

En el centro del vagón el bebé, de una solidez impresionante, lograba mantenerse en pie sin sucumbir a los empellones, parones y acelerones del metro. La increíble robustez de su pequeño cuerpo la mantenía anclada al suelo, aunque diera la impresión de que en cualquier momento se desparramaría en todas direcciones, derramándose como una masa blanda y lechosa por el suelo.

Tercamente asido en la barra, el bebé hacía pensar en una escultura, en un ídolo monumental surgido de la tierra, o en un animal invencible, mitológico.

Las piernas apretadas en unos leotardos luchaban insistentes y feroces por mantenerse erguidas, como la espalda y la cabeza. Esa gran cabeza en ese cuerpo con proporciones de bebé, que en ese mismo momento ya estaba dejando de serlo: un estadio de la vida misterioso, húmedo de leche y de mejillas rebosantes, un estallido glandular imparable en su exponencial crecimiento.

El bebé parecía mutar y expandirse allí mismo. Su estómago devenía ya enzimáticamente perfecto y sus dientes bien podían estar estallando como flores de las encías hinchadas; los pies aplanándose para abarcar y absorber el suelo a cada movimiento, y su tronco enderezándose desde la blandura fetal hacia una línea recta.

Emergía, rotundo y obstinado, gracias a sus manos que se adherían a la barra sin descanso, por efecto de esas piernas que por momentos se solidificaban y se anclaban en la vertical. En su deleitada ofuscación, su cabeza se alzaba imponente celebrando el triunfo fisiológico de su presencia erguida, que le permitía el acceso a nuevos ángulos del mundo.

El bebé desafiaba el espacio con su corporalidad nítida, una bola de carne rosada enfundada en el vestido, más vivo que cualquier otra cosa viva, inquisitivo, entregado a la tarea de crecer. Embelesado en su logro, la boca brillante de baba, casi se podía ver un calor celular desprenderse de su cuerpo inflamado. Allí mismo estaba teniendo lugar una separación, una concreción, la turbadora cristalización de su organismo en huidizo movimiento.

En el temblor del vagón, el brazo estirado de la madre y el vestido del bebé formaban un arco umbilical que se tensaba y se destensaba con los movimientos de la criatura.

                                                                                                Lou S.  Marzo 2021

 

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