Un martes de cada cuatro
me enredo en mis propios vasos sanguíneos.
Una corriente que trepa de mis piernas para arriba
infla mis glándulas como globos
y hace que mis ideas se desparramen como raíces imparables.
Un martes de cada cuatro quiero subir escalones
saltar
trepar por una cuerda
ejecutar una danza con minuciosidad animal.
Un martes de cada cuatro consigo solo gritar por dentro
hacia adentro
desde dentro
(mi tórax una caja de fieltro)
Y una ráfaga áspera me arrasa el grito en mi intento de vomitarme
de darme la vuelta como un calcetín.
Los niños se susurran afuera en los patios.
En los pasillos las blancas batas de los médicos conversan en corro.
El arroz precocinado chisporrotea en el microondas
mientras yo espero de pie al lado de la mesa.
Cubro mi cuerpo entero con un manto blanco de pelo
y un martes de cada cuatro hago mi casa en él
(me hago él).
Un martes de cada cuatro
me tortura ser parte del mundo
me cubro de púas
y regalo bufidos.
Solo quiero oír mi resuello
el rumor de los humores circulando.
Me tapo los oídos con la mano y el corazón se hace grande
(su latido abarca el cuerpo todo).
Un martes de cada cuatro sorda a lo externo mientras la ciudad bulle
y voces me interpelan
y brazos me hablan
y el cuerpo largo de I. me dice algo a lo lejos
(no alcanzo a ver).
A mi alcance solo lo de dentro,
un martes de cada cuatro.
Me peino los cabellos con los dedos
lavo uno a uno los cubiertos en el fregadero
memorizo una a una las frases escritas en un folio
transporto mi cuerpo de estación en estación
durante exactamente el mismo lapso de tiempo cada día
pronuncio palabras en un idioma nuevo a diario
paso al lado de los contenedores de basura
bajo la cuesta hasta la fachada de piedra
donde me introduzco cinco veces por semana.
Pero un martes de cada cuatro, además,
un animal sin nombre me vela los ojos
y muerde mi ombligo
y se arremolina ahí donde terminan mis calcetines
y los pasos me pesan
(pero mira mis tobillos suaves de peluche).
Lou S.



Comentarios
Publicar un comentario