Verde brillante
La mujer bajó en el ascensor hasta la planta baja del hotel. La piscina se encontraba en la parte de atrás, así que atravesó la recepción y dio la vuelta al edificio. Al llegar la quietud la inundó de pronto: nadie en las hamacas, nadie en la hierba artificial ni en el agua.Era domingo por la mañana.
Marcó el
código que abría la reja metálica de acceso. Se untó las manos de gel
desinfectante a conciencia y se puso a elegir un sitio donde instalar sus cosas.
Titubeó: demasiado cerca del ruido de la depuradora; desde aquí vistas a los
balcones del hotel; allá demasiada sombra. Finalmente cogió una de las hamacas
frente a los árboles y al cañaveral, con los maceteros de pequeñas flores
blancas a su espalda.
Reguló la altura del respaldo, colocó la toalla y dejó la
bolsa y las chanclas debajo de la hamaca, a la sombra. Se desvistió y se tumbó.
Cuando se colocaba el sombrero cayó en la cuenta de que todavía llevaba puesta
la mascarilla. Se la quitó de un movimiento rápido (¿cómo había podido olvidar
que la llevaba, hasta ese punto se había vuelto algo normal en su vida, con lo
extraño que le resultaba al principio?)
La mujer se acomodó plácidamente en la
hamaca. Le gustaba estar allí sola en la piscina frente a los árboles. ¿Cómo se
llamaban? Distinguía algunos chopos, pero no sabía el nombre de los otros, altos
y con copas redondas y frondosas.
Le gustaba su bikini, esa parte de arriba tipo
banda atada a la espalda, con estampado de pequeñas flores azules y blancas
sobre fondo rojo, y la parte de abajo anudada a las caderas. Le gustaba su
cuerpo mucho más en verano. Se gustaba a sí misma mucho más en verano. Era como
si de alguna forma se recuperara, se rescatara y volviera a tener conciencia de
sí misma y de las sensaciones, de una parte del mundo que el resto del año
permanecía como enterrada u olvidada. Respiró, cerrando los ojos. Notó el sol
que la envolvía como un velo cálido, generoso. Notó el viento que revoloteaba a
su alrededor, tocándola, un viento agradable y ligeramente fresco, propio de un
día de septiembre como aquel. Suspiró profundamente.
Abrió los ojos y quedó
deslumbrada y como aturdida por el paisaje: los árboles agitándose con sus hojas
erizadas bailando al viento, enlazándose en un chisporroteo de matices; parecían
locos de contento, las ramas, las copas combándose, oscilando a un lado y al
otro; los trazos flexibles de las largas cañas ondulándose en oleadas. Daba
ganas de vivir, ese espectáculo, ese acontecimiento que ella tenía delante justo
en aquel momento, privilegiada, sola. Daba ganas de echarse a vivir, esa
respiración de verdes y de luces, ganas de poner el cuerpo, de atreverse a
olvidar el miedo, de ofrecerse a lo que quiera que deparara la existencia, daba
ganas de rendirse a la incertidumbre y de dejar de pelear contra ella, contra sí
misma, contra I.
La mujer observó el baile de los árboles durante un buen rato.
Y escuchó también el ruido de la masa verde siendo mecida, melodía que se metía
en sus oídos y en su cabeza, rumor sólido de lo vegetal abandonado al viento. Y
le pareció que había algo tremendamente luminoso, alegre y sobrecogedor al mismo
tiempo en esa danza perfecta. ¿Y si ellos fueran lo realmente importante, esa
fuerza de permanecer allí, erguidos, creciendo año tras año al calor o al viento
o al frío del invierno, más longevos que cualquier persona? Miró al cielo, miró
esa fiesta de verdes revolviéndose de arrebato, cientos, miles, millones de
hojas titilando como campanitas diminutas, y le pareció que eran un todo, un
todo mucho más compacto de lo que ella misma pudiera llegar a ser nunca; un todo
que tenía sentido frente a su insignificancia.
Abrumada y feliz, la mujer se
levantó y fue hacia el agua. Metió un pie, estaba fría. Aun así se decidió:
sería la última vez de ese verano, la última vez en mucho tiempo. Se adentró
peldaño a peldaño en la piscina por la escalera de mosaico. Nadó en la quietud
azul, el agua lisa, solo peinada por el viento en pequeñas crestas ondulantes.
Flotó en su superficie, deslizándose suavemente, casi imperceptiblemente,
libélula dibujando una estela a cada lado del cuerpo, una uve formada por el
leve pliegue del agua en cada brazada.
La mujer salió del agua y se secó al sol.
Atesoró esa imagen: la del color azul, la de su cuerpo fresco, la de ella en
medio de ese baile de árboles y cañas. La guardó, como en una cajita, dentro de
sí, excavando un hueco. Para poder visitarla, para poder cerrar los ojos y
alimentarse de esa sensación en los días inciertos que aguardaban. Los días del
otoño y del invierno, pero no solo: también los días de esa extrañeza que ya le
era familiar, de probables nuevos encierros sanitarios, de aislamiento entre
paredes, de soledad implacable, de empequeñecimiento de la vida, de limitación
de la vida; días de enfermedad.
La gente empezaba ya a llegar, grupos de jóvenes
con sus voces hablando en idiomas diversos, llenando el aforo máximo permitido
en la piscina.
Lou S.



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