Márena

 Me mezclo en esta ola dejándome transportar en sus flujos. Ahora una redondez, ahora un recorrido en línea recta, ahora un viraje y después otro; una caída en suspensión, un desplazamiento rizomático. Soy estos recovecos sin ángulos, soy esta espina dorsal elástica, cartilaginosa, que describe espirales y líneas continuas.
En esta ondulación vivo el vaivén de mi deseo de embarazo y mi rechazo hacia él, vivo el duelo por mi niño abortado, vivo los signos corporales que aparecen y los que no, las esperas: dos meses ya esperando mi periodo y a un tiempo esperando que no llegue.
Me dejo vivir en el abrazo a la idea de gravidez, me dejo discurrir hacia los territorios liminales de la obsesión; me analizo, me huelo, me escruto el cuerpo, acerco el oído muy sutilmente a mi útero, que encuentro en silenciosa calma hormigueante.
Me dejo embargar por la distancia entre el maternaje y yo. Me recuerdo las angustias corporales del embarazo y la agonía de un hipotético parto. Me cubro con la manta del miedo hacia este mundo, su hostilidad, su dolor, que no son cuna para nadie. Y al mismo tiempo me emparento con la textura del sufrimiento, ese filamento que teje la vida constituyéndola, y me aproximo a él husmeando mis nuevas capacidades para comprender, estas que con tan intensas mutaciones me han crecido, como dedos nuevos, glándulas nuevas, nuevos miembros, brotes de membranas que me devuelven más vívida y despierta hasta mí misma otra vez.

¿Qué angustias arrastra consigo este deseo de embarazo fuera de toda expectativa racional? ¿Qué temores lleva pegado, qué remolinos vitales; qué oculta (o qué ilumina), qué abarca con sus contornos expansivos? ¿De qué me salva, a qué vacíos me arroja? Este anhelo de anidar, habitante cálido de mi caja torácica, animal que se me arremolina muy adentro, latido desordenado.

¡Cómo deseo sentir la vida en mí y sentirme yo vivir! Es esta palpitación que me conduce entre nudos, con mi bestia de la mano, yo y mis agujeros; buscamos, buscamos, buscamos; sentirnos, nombrarnos, hermanarnos, expandirnos rompiéndonos los contornos del cuerpo y de la piel: huevo húmedo de carne que estalla.
¡Oh, qué anhelo de expandirme, de agitarme hasta salirme por mis propios bordes impregnando todo, empapando todo de mí, tiñendo todo, exudándome, esparciendo mi perfume!
Soy un huevo de carne que eclosiona: ¿cómo acallar la emoción loca que se me enciende por dentro cuando me dejo sentir este hipotético embarazo? Debo dejar ir este pensamiento, esta pulsación inflamada y volátil, me digo. No es racional, no es racional y ni mucho menos probable que vuelva a estar embarazada. Debo dejarlo ir para que no me dañe -pero, oh, yo quiero vivir y sentir esto; siempre cabrán el llanto y el dolor, para ellos siempre hay espacio-; debo dejarlo ir y aceptar lo que está por encima de mí, lo que me hace una sencilla mota de polvo en suspensión; no debo pensar y mucho menos creer que lo que yo anhelo sepa coincidir con los azares de la existencia humana. Debo y no quiero. Debo y me tengo viva ahora, en este pasaje, en este instante, en este golpe de crecimiento interno y celular que es el presente.

Escruto ahora en mi vientre, estas noches. Busco el más leve movimiento en él, invoco aquel fluir doloroso y molesto en mis órganos y tejidos digestivos. Quiero forzar a mi cuerpo a que los produzca. A que me hable con los síntomas del embarazo, que tan bien conozco. Mi cuerpo tiene memoria y los busca; de pronto no comprendo otro estado para mí y para mi vientre que no sea el de la gravidez. Esa vida nocturna de mis glándulas, selvática, incesante, nítidamente audible en el silencio del descanso, implacable y real, impidiéndome el sueño.
¿Pero qué es real ahora? Lo fueron las perturbaciones de entonces en mi carne produciéndose a mi pesar, fuera de mi alcance, fuera de todo poder de mi voluntad. Y ahora, mírame: husmeando en unas sensaciones que no alcanzan a serlo, bombeando para hacer que salga a la superficie un poco de acidez, una noche de insomnio, un atisbo de náusea; extrayendo de mi vejiga las visitas nocturnas al baño que me ayuden a escribir la versión de este mi nuevo embarazo.
Señales que cuando fueron reales las quería fuera de mí; ahora las llamo.
Mis pechos, quietos. Mis pezones pálidos y silenciosos. Mi vientre ambiguo.
Dejarlo ir y dormirme. No lo consigo.
Tendré que sostenerme en el peso tambaleante de estos vacíos y zonas huecas de mi existencia. Tendré que serme con ellos.
Habrá que hacer de la vida una cadencia significativa.

He tomado la decisión de renunciar a la racionalidad en lo que concierne a mi anhelo de maternar. Lo racional no puede ni podrá nunca albergar este cúmulo inquieto y cambiante sin que exceda y chorree con abundancia y alegría por sus bordes y sus paredes.
Una palabra para mi anhelo de maternaje: márena. Márena es el nombre de mi anhelo/rechazo al maternaje. Sí, tiene que poder abarcar ambos anclajes contradictorios, tiene que abrazarlos en un lazo único de significado, sin los dos no está completa ni es real. Dejo que huya deliberadamente de la censura interiorizada y de la censura exterior que me niegan el derecho a la contradicción.


Y hoy, salida al aire libre por fin. Somos tres mujeres, tres hombres y dos niños muy pequeños. He tenido miedo de sentirme una mujer carente, vaciada, ante la idea de pasar un rato al lado de esos bebés. He estado inquieta, reconociendo ese hormigueo incómodo que me provoca la socialización, sumándole la desazón suplementaria de no saber cómo iba a reaccionar: ¿me echaría a llorar al ver a los bebés, acabaría dejándome engullir por la versión oficial del sufrimiento y de la falta suprema de no albergar ya ningún hijo dentro de mí? He tenido miedo, mientras buscábamos una mesa libre entre las terrazas de los bares de la plaza, de caer atrapada por un manto de conmiseración, de ser invadida por un exceso de lástima. He temido que mi aborto me convirtiera en blanco de miradas de pena, y he temido ser considerada un peligro para sus criaturas, tan vivas, si estas personas me atribuyeran un deseo feroz de ser madre, unos celos hacia ellas y sus niños, de los que no he experimentado ni el más mínimo atisbo. Caminaba con I. por la plaza y por un momento me he arrepentido de estar allí, corriendo el riesgo de ser expuesta a esos juicios imaginarios.

Y sin embargo, no ha habido nada más allá de un par de comentarios de rigor, rápidos, comprometidos, deseando no tocar el tema de mi aborto realmente, como si estuviera proscrito para ellas, ellas que son madres y tienen a sus criaturas en los brazos, como si la muerte no fuera con ellas, como si la muerte de nuestro hijo fuera un terreno que es preferible ignorar. Es un tabú y da miedo. Pensar que ellas podrían no haber tenido a los suyos, o que en cualquier momento les pudieran ser arrebatados. Todo ello acompañado por el triunfo inevitable del monotema, que sobresale por encima de todos los temas posibles de conversación, que quedan ahogados, interrumpidos o abortados ante el peso de los biberones, las siestas, las comidas, las tetas, los dientes, las guarderías.

No he sentido ni un asomo de tristeza al ver a los bebés. Incluso no me han parecido nada extraordinario, nada tan relevante en sí mismos ni en el repertorio de acciones que han desplegado en esos minutos que hemos estado sentados todos a la misma mesa. Ningún deseo fervoroso se ha apoderado de mí cegándome. Ninguna rabia por mi niño perdido. La vida es lo que es y cada cual tiene su parte del pastel de dolor y sufrimiento.
Debo decir también que no me han parecido más felices esas madres y esos padres, y que el hecho de serlo más bien parece traer consigo nuevas formas de malestar vital. No he encontrado envidiables esas vidas a las que me he asomado un ratito esta mañana. La márena en sus partes anhelantes está calmada, y presente ahora en sus aspectos más pragmáticos y menos idealizantes. Una vida con o sin hijos es digna de ser vivida, y un hijo no va a solucionarme nada, ni a acabar de una vez por todas con el vacío, ni a colmar mi existencia; simplemente todo seguirá su curso, aprenderé cosas, viviré los cambios, me abriré en canal para darle nacimiento, me maravillaré de su desarrollo como ser humano, me lamentaré de la cantidad ingente de trabajo que implica asistir a todo ese proceso, me arrepentiré y me alegraré de mi decisión, como me ocurre siempre con todo lo demás. La vida es esto que conozco y nadie va a venir a darle sentido por arte de magia; un bebé no va a traerme nada que ya no estuviera ahí, al menos como semilla o germen. Nada que me ponga del revés llevándome al séptimo cielo. Aspiro a la expansión tranquila de mi persona y un hijo sería integrado en este contexto preexistente. Porque ya sé que no me descubrirá la vida, que no hará que valga la pena, que no completará nada, al revés, será un paréntesis para muchas cosas y con toda seguridad me sumirá en oscuridades nuevas. 
Y mientras yo sé esto, la versión oficial ante un aborto de otra es la palmadita en la espalda metafórica, el cambio rápido de tema, no dejar nunca que la muerte pueda aproximarse a tu criatura.

                                                                                                                          Lou S.


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