Las cucharas. 2: Orín
Tengo dos cucharillas iguales que
provienen de la ciudad de Orín, donde viví hace nueve años. Son
cucharas anodinas y simples, de esas que existen por miles en miles
de hogares y pisos alquilados porque son de Imea.
Recuerdo mi estudio alquilado de Orín
como una visión de blancura. La cocina era toda blanca y el pequeño
aseo era blanco también, sin embargo el conjunto era muy colorido:
el suelo de moqueta rojo granate, los muebles negros, y las cortinas
con un estampado de grandes flores de colores quebrados. Todo de
Imea. Mi cama era un click-clac, eufemismo pretendidamente simpático
de sofá-cama, con un colchón tan ligero que no amortiguaba del todo
los desniveles de los tres dobleces de la estructura del sofá
desplegado.
Orín es la ciudad más hermosa y la
que peor huele. Salir a la calle es una fiesta de arquitecturas, de
edificios bellísimos. Sus calles te atrapan como en una película de
otra época. Las fachadas y los rincones destilan historia, y los
ventanales, los tejados y los patios interiores componen un escenario
en el que te sientes alguien. Bajar la escalera de madera crujiente
de tu vetusto edificio es como pasear por un museo. Orín es una
ciudad cargada del peso de otro tiempo en el que la estética urbana
era algo que se tomaba muy en serio.
Al mismo tiempo, la ciudad hace honor a
su nombre, expeliendo toda ella un olor único y característico que
concentra todos los desechos humanos; es un grumo concentrado de olor
a persona.
Me gustaba mi vida allí en esos dos
años que habité la ciudad. Tuve suerte de encontrar aquel pequeño
estudio en un barrio pijo de las afueras a buen precio, a nueve
paradas en metro del centro y a una hora de la universidad. Por
primera vez, vivía sola. La casa era mi casa, el barrio mi barrio,
los problemas cotidianos eran mis problemas, y las soluciones a ellos
mis soluciones, y, sobre todo, los días eran míos. Esas horas
fueron totalmente mías.
Las llené de trabajo fervoroso y
concentrado y también de las angustias que llegaron. Llené mis
horas de fuerza, de esa fuerza ignota y directa como una flecha que
me llevó hasta ese país frío y hasta esa ciudad anhelada que ya
conocía un poco, para exponerme a conciencia a aventuras
desconocidas y enfrentarme a exigencias que temía pero deseaba,
(como expresarme en público sobre mis reflexiones, hacer más sólido
mi trabajo con la pintura, lidiar con extraños, teorizar en otro
idioma, desenvolverme por mis propios y únicos medios). Me decía
que ya encontraría la manera de hacer cada cosa cuando llegara el
momento. No quise pensarlo mucho porque no quise frenarme.
Emprendí una huida alegre y
esperanzada hacia Orín, directa hacia una idea del futuro que
brillaba por estar lejos de todo lo conocido (en aquel entonces odié
Olivácea, que se me hacía estrecha y demasiado conocida, sin
oportunidades para mi talento, sin personas que realmente fuera a
echar de menos); lejos también de mi familia y del mundo aún más
obtuso de mi ciudad natal.
Entonces yo no quería a Olivácea, no
quería a I., no quería a mi familia, no quería a nadie, no quería
nada que me fuera conocido. Quería descubrirme siendo otras. Quería
desvelar qué otras yo encerraba la ciudad nueva con sus promesas.
Qué aventuras y qué experiencias me aguardaban en la fría y grande
Orín.
Me desenvolvía bien en mi barrio, en
realidad un pueblo engullido por la urbe, como tantas veces ocurre.
Me gustó estar sola, vivir sola. Por vez primera, vérmelas conmigo
a solas y ser capaz de mantenerme la mirada. De abarcarme, de
apaciguarme, de estar completando mi propia solidez y mis cimientos,
mi conocimiento de qué era capaz de ser y de vivir por mis propios
medios y con mis únicos recursos. Y me gustó lo que comprendí.
Pude estar sola durante esos años sin caerme por el precipicio, con
I. a quinientos kilómetros de Orín, aunque nos veíamos los fines
de semana gracias a los trenes velocísimos.
La etapa en Orín alejó aún más
aquellos primeros años míos en Olivácea, cuando no podía soportar
quedarme sola en los pisos de estudiantes. En verano, sola, sin
amigos (me volqué en I., nuestro idilio comenzaba), sin asideros, el
pánico me absorbía y el precipicio me amenazaba acercándose
angustiosamente hasta la punta de mis pies, y entonces hacía la
maleta y corría sin aliento hasta el primer tren que me llevara a mi
ciudad natal, a refugiarme en el aburrimiento familiar pero a salvo,
preferible antes que la amenaza de esa extensión inabarcable de las
horas totalmente mías, blancas, vacías, muertas, que tanto me
aterraban.
En Orín cristalizó mi autonomía.
Supe de ella. Hacía amistades, dominaba las redes de transporte,
caminaba adoptando el aire presuroso y ensimismado de sus habitantes,
pisaba firmemente el suelo de mi nueva ciudad y de los lugares que en
ese tiempo hice míos.
Las acciones cotidianas adquirieron un
significado nuevo cuando pasaron a depender tan solo de mí y se
convirtieron en pequeños triunfos: comprar el pan, ir a clase, hacer
la limpieza, desplazarme por la ciudad, ir al médico, hacer
gestiones burocráticas, volver a casa por las noches, SOLA. Todo
tenía un sabor nuevo. Orín era en sí una promesa multisensorial y
en eso no me defraudó.
Pero ocurrió también que me quedé
sin voz. O más bien allí se desveló el hecho de que en algún
momento la había perdido, o incluso no había llegado a tenerla
nunca. ¿Dónde estaba mi voz? Acudía a las clases, exponía los
avances de mi trabajo ante todos, me desenvolvía en orinés con unas
aptitudes mucho más que competentes tanto en lo oral como en lo
escrito. Y sin embargo vivía dentro de una dolorosa incapacidad para
expresarme. No conseguía hilar las palabras para decir exactamente
lo que quería decir, se me escapaban deslizándose de mi voluntad
como peces resbaladizos, sin llegar hasta mi boca; se extraviaban
continuamente en el trayecto entre el lugar del que brotaban y mis
cuerdas vocales, mis labios. Tenía la sensación permanente de una
imposibilidad, como la falta de un órgano o de una glándula
decisiva para trasladar al exterior algo que debía estar en alguna
parte dentro de mí; pero no lograba ni encontrar ese algo,
extraviado, ni acercarme remotamente a lo que hubiera podido decir.
Tenía los medios, tenía los conocimientos. En un primer momento lo
achaqué al cambio de idioma, al hecho de haberme obligado a
expresarme a unos niveles tan exigentes y sutiles en orinés, y pensé
que carecía del manejo de las inflexiones necesarias. Y lo que
descubrí, como si nunca lo hubiera sabido, fue que tampoco era capaz
de decirme en mi lengua materna. Cuajó la conciencia de mi
imposibilidad interna de ser certera; lo que quería decir se había
ido atascando muy hondo dentro de mí; en algún momento yo había
sido taponada por capas y capas acumuladas de un sustrato sin nombre,
pero nítidamente presente.
Por lo tanto no era una cuestión de
repertorio. Lo que conseguía extraer de mí comunicaba algo que tan
solo resonaba lejanamente a lo que hubiera querido decir. Y no podía
hacerlo, de mi boca salía una especie de engrudo pastoso y
descolorido. Mi interior permanecía cerrado y duro, era una maraña
de calcificaciones sólidas atascadas sin poder salir, un ovillo
desmadejado que se me enredaba en el útero, en las tripas, en el
esófago y en el pecho, hasta la boca abierta de la que solo salían
esos borbotones cuajados y resecos de aquello que llevaba allí desde
mi nacimiento. Y tuvo lugar el hallazgo: nunca supe hablar realmente.
Tuve que llegar a Orín para familiarizarme con mi incomunicación,
con mi aislamiento. Y los acepté, los miré detenidamente y pude
nombrarlos. Y cuando ocurría en público, por ejemplo en mitad de la
clase, simplemente dejaba que los demás interpretaran lo que se les
antojara, no me importaba que pusieran en mi boca las palabras que yo
en el fondo no había dicho.
Fue también en Orín, ya al final de
mi estancia allí, donde me fue revelado con solemnidad que uno de
esos núcleos de silencio solidificados había viajado hasta mi
tórax, al pecho izquierdo, donde encontró un lugar en el que fue
alimentado y gestado: las doctoras lo nombraron con la palabra
cáncer. Me agarré fuerte a la mano desmadejada y que yo había casi
abandonado de I. Y la existencia me llegó en formas inesperadas que
atravesé con la conciencia hasta entonces inadvertida de la
presencia constante de la muerte acompañándome, rozándome el
esternón.
Pero no me morí en Orín, al menos
fisiológicamente hablando. Las doctoras hicieron su cirugía y
decidí que volvíamos a Olivácea.
Las cucharillas de mi estudio en Orín
me susurran que siempre puedo ser completada. Me recuerdan asombradas
la feroz determinación con la que emprendí aquella terapia de
choque consistente en la exposición continua y autoforzada de mí
misma ante un público variado, desde la panadera hasta la directora
de investigación de la universidad. Me traen alegría, sellan mi
pacto con mi propia capacidad para estar acompañada de mí misma. Me
explican de nuevo que me lancé contra la vida y choqué con ella,
para buscar partes de mí que aún no existían, para hacer que me
nacieran, y que del feliz choque obtuve otra yo más contundente en
el espejo. Están impregnadas también de la vuelta a Olivácea, yo
derruida por completo una vez más, y de la ardua y lenta
construcción de un armazón nuevo, una vez pasada por el tamiz de la
enfermedad que todos temen.
La textura de mi vida orinesa que me
traen esas cucharillas es la de la vida abierta, nueva, allí donde
viví sola y me reconfiguré, enérgica y vivaz, en el escenario de
la hermosa y dura urbe.
Lou S.



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