Rencores de género
Me rondaba desde hace
unos años cómo hacer para ponerle nombre a este reconcome que me
nace de las tripas y que no me pertenece solo a mí. He abordado el
tema conmigo misma en innumerables ocasiones desde las páginas de
mis cuadernos, desde esta necesidad del vómito emocional que me
lleva a escribir para poder expresarme y nombrarme. Y el otro día,
escuchando a Silvia Nanclares en este
podcast sobre mujeres escritoras que tienen hijxs, ¡bingo!,
utilizó el término rencor de género para expresar un pesar,
un sentimiento de injusticia y traición al comprobar cómo la
maternidad le ha atravesado a ella el cuerpo de parte a parte,
mientras que para su compañero nada ha cambiado a nivel corporal.
¡Cuántas veces he
sentido yo algo así! Que hasta la naturaleza nos traiciona. Esa dura
constatación de que a nosotras las cosas nos vienen del revés, de
que todo nos resulta infinitamente más complicado que para nuestros
elegidos, de que tenemos que ganarnos a fuerza de batallar que
nuestra propia versión del mundo tenga cabida.
Porque ellos siempre caen
de pie. El patriarcado y la misoginia que son nuestro hábitat ya se
ocupan de ello. Y si te emparejas con un hombre, antes o después te
acabas dando cuenta de que vives partida en dos (en dos, como
mínimo).
Sí, ya lo dijo Alicia
Murillo: la
heterosexualidad es un mojón, no estoy descubriendo nada nuevo.
Las afrentas de género son reales y continuas, también
en el seno de la pareja, y si decides seguir en esa relación, no
queda más remedio que asumirlo y vivir con ello, la cuestión es
cómo.
Yo, para empezar, al
hablar de rencor de género o resentimiento de género
me estoy haciendo un favor. Me legitimo. Saco el asunto de la esfera
de un “problema de personalidad” o de un “trastorno”, o de un
“estado emocional alterado o excesivo”, tantas veces enarbolados
por el mundo ahí fuera y por mi elegido aquí dentro, exabruptos de
la versión única a la que el patriarcado me quiere condenar. Hablar
de rencor de género me sitúa en la realidad de lo público
desde mi carne, en un lugar reconocido por otras; me doy una
existencia despojándome de ese peso que me quiere definir como
patológica en mí misma porque soy capaz de detectar cada una de
esas afrentas de género, con su correspondiente trocito de
rencor cada una, trenzados con las células y tejidos que me
conforman desde las entrañas hacia afuera. Escribirlo aquí me
desinfantiliza, me arma de recursos como al personaje de un
videojuego, lista y reluciente para la batalla que no cesa. Me coloca
en el mundo, ya no estoy yo sola con mi mundo.
No voy a investigar qué
dicen las reales academias sobre la definición de rencor, voy a
explicarlo desde mí. El rencor es una desazón, es una herida que me
escuece en el momento más inesperado; fluye sin sentido aparente
para quien me tiene delante, pero lo que pasa es que a fuerza de años
de acumulación se ha convertido en un animal con vida propia. El
rencor es una barrera que erijo, una distancia que necesito, un
dique, una defensa ante cada golpe seco en el centro de mí que me
abre el esternón. Escuece y duele, y pesa.
Aun así, estoy en las
antípodas de esta visión de las corrientes psicoespirituales que
nos invaden ahora y que declaran la guerra al rencor, por indeseable,
inapropiado y dañino, sobre todo si viene de una mujer. Me chirría
tanto esta exigencia del perdón, tan judeocristiana, tan “por
nuestro bien”, este buenismo torticero que propugna la eliminación
de todo sentimiento, pensamiento o actitud calificados como negativos
o contraproducentes; la obligación moral y social de pasar página y
deshacernos de la rabia, el rencor, el odio, o directamente de
pretender que ni siquiera están ahí.
Vivir con rencor y
resentimiento es habitual en mí, es mi día a día, es mi realidad.
Porque desde mi nacimiento y hasta ahora el saco de pequeños y
grandes rencores de género no ha hecho más que ir creciendo,
con su compañera la rabia.
La escritora Sophie
Hannah ha escrito un libro cuya traducción sería algo así como:
“Cómo guardar rencor” (parece que no está traducido del
inglés original al castellano, o yo no lo he encontrado). Ella habla
del rencor como un guardián que nos cuida, al hacernos llegar la
señal de que algo no va bien y de que ese escozor implica que ha
habido efectivamente una falta de respeto, un algo que nos
legitima: nos dice que lo que experimentamos es real. Y a partir de
ahí, sí, se puede hacer algo con los rencores si a una le da la
gana, quiere o puede, pero no desde el rechazo y la obligación
social.
Pues hay muchas otras
formas de ponernos cara a cara con el resentimiento, con la rabia,
con el odio. Así pues, dada la realidad de este entorno machista en
que nos vemos obligadas a movernos cada día de nuestras vidas, de
puertas para afuera y de puertas para adentro, me atrevo a plantear:
¿Tenemos derecho al
desquite? ¿Cómo?
¿Cuáles son, han sido y
pueden ser nuestros balones de oxígeno en el día a día de una
relación hetero? ¿Nos bastan?
¿Y si hablamos de
ejercer venganzas de género, de forma totalmente consciente y
deseada? ¿Queremos revanchas? ¿Nos las permitimos?
(Conozco a una mujer
cuyos únicos encuentros sexuales con hombres consisten en que ella
tiene orgasmos y ellos no, porque es su decisión y punto. Como una
especie de justiciera del sexo que compensa con su granito de arena
los orgasmos y orgasmos que las mujeres hemos regalado a lo largo del
tiempo -y seguimos regalando- a los hombres a costa de nuestro
placer).
¿Es legítimo ser
desleal y saltarse determinados aspectos del pacto de pareja, a
conciencia, los que una necesite, dada la realidad de desequilibrio y
verticalidad que antes o después nos estalla en la cara? ¿Os parece
reprobable como estrategia de autofelicidad y rescate de una misma?
¿Cómo hallar
compensaciones que nos hagan la vida mejor? ¿Y si estoy
cansada de hacer pedagogía y de sacar la vara y solo quiero buscar
mi placer y mi bienestar, pero sin renunciar a mi pareja? ¿Es eso
factible o es ciencia ficción?
¿Es el egoísmo una
medicina para nosotras, un bálsamo?
¿Qué puertas, qué
ventanas habéis abierto vosotras en vuestras relaciones con hombres?
¿Cuáles son vuestras estrategias de vida, de supervivencia, de
felicidad?
¿Es posible vivir una
parte de mí casi en secreto, y guardarla como un tesoro que comparto
con otras personas pero por nada del mundo con mi elegido?
¿Deben ellos, y de qué
forma, compensarnos en el día a día por la falta de horizontalidad?
¿Alguna lo ha puesto en práctica? ¿De qué maneras imaginables
podemos sentirnos resarcidas, provocar el cambio en la balanza y
dejar de sentirnos estafadas?
¿Abandonando nuestras
esperanzas de comprensión, yendo a lo práctico, desentendiéndonos
de la gestión emocional que ellos no hacen y que nos sobrecarga,
exigiendo lo que deseamos, ideando maquiavélicamente formas de
conseguirlo, convirtiéndonos además en estrategas?
Porque hablar, de eso me
he dado cuenta demasiado a menudo, no sirve de mucho. Porque hay
aspectos para mí básicos, vitales, que mi elegido no puede, no
quiere, no sabe o no tiene por qué comprender, aunque sea eso lo que
yo desearía. Así que, cansada de ser la guardiana de una armonía
parejil impostada, sigo a la búsqueda de agujeros, ranuras,
cielos abiertos por donde dejar salir mi voz claramente sin que se
pierda una vez más en la versión oficial de los hechos, para
poder verme, límpida y reluciente, brillar en toda mi extensión.
Reconozcámoslo: es una
encrucijada. ¿Y si la realidad de lo que llamamos pareja es esta
cosa raquítica y mediocre, decepcionante, doliente, y al mismo
tiempo reconfortante, agradable, sexual, práctica, luminosa y
cálida? ¿No es así de contradictoria y absurda esta vida? ¿Y por
qué sigo buscándole algo más que lo que puede ser?



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