Las cucharas. 1: Angusto

 Tengo mis cucharas favoritas en el cajón de los cubiertos de la cocina. Son cucharillas que he ido robando de lugares diversos, fetiches domésticos y cotidianos que me sirven para apropiarme más de momentos que he vivido, de partes de mí que he olvidado que me constituyen. Me sirven para recordarme cuántas puedo ser y de qué soy capaz; para fijar así, cada vez que las tengo en la mano, o en la taza, el trazado de un mapa físico, temporal y emotivo que me recuerde de qué maneras diferentes he estado viva y solidifique en el presente una capa más de la certeza balbuceante de que estoy completa y puedo vivir. 

La cuchara pequeña, redonda y de mango fino viene de un restaurante modesto pero con un patio encantador en Angusto. Estuvimos allí dos veces. La primera fue el horror, yo iba arrastrando mis tripas, que se me iban saliendo del vientre, como podía por aquellas piedras, a causa de la distancia terrible con I. Paseé mis vísceras a la vista de todos por las calles empedradas, por las gradas del anfiteatro donde resonaba fuerte el eco de nuestra distancia inmensa, que me laceraba; por la estación de tren, por el vagón que nos devolvía a casa, silenciosos.

Las dos veces que estuvimos en Angusto fuimos al mismo restaurante, pero la segunda vez fue cuando robé la cucharilla, después del postre y aprovechando que nuestra mesa estaba resguardada detrás de los jazmines tupidos del patio. Yo era como una niña pequeña tan cerca de esos jazmines, emocionada con esos animalillos olorosos embriagándome entera.
Esa cuchara me trae el recuerdo de las fotos que nos hicimos allí. La luz, era verano y Angusto es muy calurosa. Yo llevaba las piernas y los muslos al aire, con los shorts favoritos de entonces, y llevaba la blusa blanca de las tablillas en el pecho. Mi expresión es franca en esas fotos, es tranquila y risueña, casi beatífica.
Llevaba el pelo más corto que ahora. Fue en los años aquellos en los que un viaje así, una excursión así, apenas a cincuenta kilómetros de nuestra casa en Olivácea, era un feliz acontecimiento para mí. Yo estaba loca de contento. O quizás no tanto, y es así como me recuerdo ahora con la distancia y los años.
Comimos la ensalada de naranjas, en aquella mesa del patio junto a los jazmines. Caminamos por los castillos y por las murallas; había restos romanos y musulmanes por todas partes, fragmentos enormes de columnas y construcciones desperdigados por el suelo. Nos hicimos la foto que más me gusta en lo alto de la atalaya, con la planicie y el mar al fondo.

Recuerdo lo vívida que era mi serenidad en aquel viaje, lo limpio e infantil que era mi entusiasmo, la excepcionalidad a través de la cual supe saborearlo, ese día, esa tarde.

Era en los años aquellos en los que aprendí a empujar mi alma muy al fondo de mí taponándome. Rodeada de hojas de papel, por centenares, por miles, recubriéndome, formando en mí un emplasto imposible de atravesar hecho de palabras, de todas aquellas palabras ásperas que se atragantaban en el esternón, antagonistas de todo lo que había aprendido hasta entonces. Estudiaba para salir de la eterna supervivencia (precariedad, se llama ahora).
Estudiaba el lenguaje gris y verde muerto del funcionariado, ese que tiñe el mobiliario de comisaría, de la seguridad social, de las escuelas; pasé varios años de mi vida enterrada ahí bajo esa membrana aislante y pesada de papel pastoso que crecía y me envolvía. 

Para un día sacar la cabeza de todo aquello, agotada y triunfante por haber sido capaz de aprender la lengua muerta que sella todos los contratos de alquiler y abre todas las puertas de los préstamos del banco. La lengua del no-más-ansiedad-por-el-dinero; la lengua del no necesito ya transitar los penosos laberintos ciegos y sordos de las “ayudas sociales”.

Aprender esa lengua me ha costado tapiar en el fondo de mi útero partes de mí que todavía estoy drenando para hacerles el boca a boca.

Y ese día, en Angusto, al lado de I. fue como una ceremonia -por algo yo vestía mi blusa blanca de tablillas en el pecho-. Una salida al sol, al aire, una salida de los folios y de las palabras de cemento, y se me abría la posibilidad de un universo entero: tan solo coger el tren y ser desplazada.

Tuve que robar esa cucharilla de postre, tenía que transportar conmigo aquel objeto de valor incalculable, depositario de mi facultad de respirar; de mi cualidad de cuerpo amasado por las formas amplias del exterior, de mi capacidad para saborearme veraniega, vívida y despreocupada.
Cada vez que aparece esa cucharilla en el cajón, su consistencia y su materialidad me convencen un poco más de que yo soy aquella persona atravesada de sol, de paseos, impregnada de olor de jazmines, refrescada por la sombra de los árboles, acariciada por la certeza de ese día en que me fue posible verme, tirar de una cuerda interior y rescatarme impoluta y como recién lavada.

                                                                                                                       Lou Sacramento

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