Golpear


En cierto modo con estos choques estoy golpeando algo contra otro algo para que salgan las semillas. Para que se abra una corteza más y yo siga recolectando mi propia versión, mi yo separada de I., mi yo que pide espacio propio para mirarse (y para admirarse), para verse y calibrar su consistencia, su color, su grado de acabamiento, las gamas en las que se ha ido desarrollando, su solidez y su contundencia, su concreción, su materialidad.

En lo que concierne a mis procesos con I., atravieso una adolescencia en la que es la urgencia de la diferenciación, de la separación, la que marca mis pasos. No es un choque en vano. De golpear dos piedras sale fuego. De zarandear un árbol caen frutos jugosos. No es un choque violento; al contrario: ese yo escindido del nosotros, escindido de I., ha aprendido a desdeñar la violencia y a mantener las aguas en una agitación tranquila sin que se tiñan de sangre. 

Esta escisión, que los vaivenes de la vida diaria conforman y constituyen, requiere ser interrogada, puesta a prueba, verificada, observada, para así ser asimilada e interiorizada como algo cada vez más mío, más conformador de lo que yo soy.
Y si supone alejamientos y distanciamientos con respecto a I., así debe ser. Es más: para serme -sernos, incluso- los requiere. Cuanto más espacio se vaya abriendo para ser yo en él, más me libero y más robusta me vuelvo. Es un proceso laborioso que requiere de complejas síntesis, digestiones, reacciones químicas, mutaciones y reflexiones, hibernaciones, caldeados al sol o al calor de la llama, solidificaciones, fluctuaciones; un hilado fino y una posterior libación de las gotas exudadas, así como cosidos varios. 

Así me constituyo yo ahora por oposición-confrontación a I. y posterior autoanálisis detallado.

Ahora quisiera salir y estar bajo el sol con alguna amiga. Y no puedo. Por la prohibición y por lo mucho que me costaría hacerlo si tuviera esa libertad. Tendré que romper con esto cuando haya permiso para salir, y será duro, muy duro, lograr salidas habituales, ya no como consecuencia de diferencias y roces con I., no como afectos subsidiarios del suyo. 

Hoy, en el choque, abordando a la bestia negra*, me he sentido desfallecer. He sentido un peso enorme que me oprimía. El sudor en las axilas, la mente oscureciéndose, el miedo ahuecándose en mi pecho. Me he sentido así cuando la posibilidad de partir ha vuelto a ser una puerta cerrada. Un yugo cayéndome encima con todo su peso. La constatación de una realidad que duele y corta el aliento. Mis esperanzas, mi deseo, mi cielo abierto, cerrados de un portazo, de nuevo, ahora que aparecían puertas y ventanas donde no las había. Solo estaban entreabiertas, ya no lo están.
He decidido. Asumiendo la verdad de ese portazo y regurgitando las ideas y conclusiones que mastiqué en estas semanas (resultando I. ganador, I. mi elegido) intento acomodarme en este zapato que me queda pequeño. Lo hago más blando repitiéndome que mi decisión está tomada, que es desde aquí desde donde me muevo y camino, desde la libertad de mi decisión. No me queda otra que agrandar el zapato si quiero no ya solamente caminar, sino bailar y bailar y bailar. Modificarlo a mi medida.

Pero he dudado de nuevo, he dudado, he dudado, he dudado. Me he visto en la encrucijada, otra vez, nítidamente: me he visto correr hasta otra ciudad, libre, sin esperar más que cambie algo que no va a cambiar.

Ahora se puede funcionar así, pero no se sabe hasta cuándo. Puedo funcionar, inventando ficciones para hacer vivible mi realidad en conflicto; puedo fingir que esto no estará presente dentro de x meses cuando el momento de decidir llegue de nuevo. Y así podré estar tranquila mientras tanto, para endurecer esta corteza de mi firmeza, y alimentar a mi guardiana, que me dé fuerzas y me siga señalando lo urgente y vital para no volver a morirme. 
Dicho queda. He plantado mis límites a I. Ahora debo hacer que crezcan y se fortalezcan y se hagan troncos infranqueables. Y debo también despojarme de la carga que no es mía y es de I.

Por unos momentos ha vuelto una intensa túrmula** (la túrmula ahora tiene intensidades, mientras aprendo a diferenciarla de otros estados interiores). He querido disolverme en el espacio, fundirme con las paredes, con el techo, desaparecer, dejar de sentir, salir de mí, debido a esta asfixia que la define y que no tiene solución. He querido salir de mí, llorar, aullar, hacerme un ovillo en el suelo, pudrirme, golpearme el cuerpo con una piedra o la frente con una esquina, arañarme los pechos y el esternón.



* la bestia negra es la decisión de cambiar de ciudad, que yo deseo, o quedarnos aquí, que I. desea.
** túrmula es una palabra inventada que he empezado a utilizar para describir un estado que me visita regularmente, o en el que caigo, o que quizás sea una parte constituyente de mí; he tomado la idea a partir de "frantumaglia", palabra que utilizaba la madre de la escritora Elena Ferrante para refererirse a la angustia, agitación, dolor intensos. 






                                                                                                               Lou Sacramento



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